jueves, 3 de junio de 2010

Relato premiado

Quiero compartir con vosotros, amigos y amigas, el relato ganador del Premio Nacional Ciudad de Montoro. Un homenaje personal y literario a la memoria histórica que nunca debimos perder.

CERRAR SUS OJOS
Por Edmundo Pérez

Siempre me ha gustado cerrar los ojos de los muertos. Padre dice que a los cadáveres se les cierran los ojos para que al alma no le tiente volver al cuerpo y pueda irse al otro mundo. No es verdad. Lo sabe cualquiera: el alma sale por la boca con el último suspiro, no por los ojos, y nunca se ha oído que una haya vuelto atrás. Yo les cierro los ojos para que descansen. Dónde se ha visto que nadie pueda descansar con los ojos abiertos. Alguien tiene que hacerles esa caridad.

Pongo los dos dedos, índice y corazón, sobre los párpados y, suavemente, como si fuera una caricia, se los deslizo hasta que dejo de ver el iris, hasta que ciego esa última mirada, inmóvil y perdida, parecida a la de Cirilo, el loco, que dice padre que nunca se sabe a dónde mira, y es verdad.

Ahora que no hay escuela, todos los días salgo del pueblo por la mañana con el Taco —el Taco es mi perro, el más esmirriado de su camada, no sabía ni mamar el pobre, así que le llamaron Retaco y yo le digo Taco— y camino por la vega del Matajón, que baja crecido y revuelto. Me llego hasta lo de Anselmo, junto al cementerio. Allí, pegado al muro que cerca sus perales y su finca, suelo encontrar alguno. Están manchados de sangre y de barro. Tienen los ojos muy abiertos, me esperan, no pueden empezar a descansar hasta que yo les cierro los ojos. Lo hago, es un momento, no me cuesta nada. Bueno, algo sí me cuesta, pero es más tarde, cuando oscurece y padre me manda a la cama. Entonces sueño y me acuerdo de los ojos; me miran y me asusto. Padre dice que de los sueños no se ha de tener miedo, que la luz los disuelve como el agua a la sal y desaparecen.

Después de cerrarles los ojos, me quedo un rato por allí, mirando los pájaros, o espantando con una pedrada a los perros famélicos. No tienen culpa los perros de su hambre, ahora todos pasamos hambre, pero no está bien que vayan a donde los muertos.

Cuando oigo el camión me escondo. A veces me subo a un árbol. Se bajan los hombres, esos con camisas azules, y los otros, los que dice mi padre cuando los ve: ya están aquí los puercos de la CEDA, que no sé lo que es, pero él siempre lo dice, y cargan a los muertos. Se los llevan al cementerio, a echarlos a la fosa. Entonces vuelvo a casa con Taco.

Voy hablándole. No puedo hablar de estas cosas con nadie. Padre se pondría como loco si supiera lo de esta ocupación mía; ni pensarlo. Y madre, mucho peor. Pero Taco sí, escucha y no dice nada, es un perro. A veces me mira, como los muertos, pero no es lo mismo, porque está vivo y me ve, y mueve el rabo. Y le cuento: ¿Has visto, Taco? Hoy le hemos cerrado los ojos al maestro y ya puede descansar; y a Jeremías, el boticario, que fue concejal; y a la mujer esa, Engracia, que la decían la roja porque era socialista, ¿no se lo oíste decir a padre? Y vamos recordando: ¿Sabes, Taco, que el Jeremías un día preparó dos recipientes de los que guardaba en la rebotica, con todos sus cachivaches de boticario. Los llenó con unos líquidos claros como agua, me pidió que los mezclara y, al juntarse, se volvieron del color del vino tinto? Los dos nos quedamos mirando fijamente el milagro, él sonriendo y yo con la boca abierta. Ahora él ya no mirará más con sus ojos, que se los acabo de cerrar.

Y el otro, el de los ojos claros, el maestro, nunca me pegó y ya es raro, que por aquí un pescozón es de lo más natural que te caiga en la coronilla. Y más a mí, que mira si soy trasto. Eso dice madre: es que eres un trasto. Aquel día, me acuerdo, algo habría hecho yo, las organizaba buenas, y el maestro, el señor Pascual, me castigó: aquí te quedas, en clase, y ni se te ocurra salir para nada, me dijo, ni te muevas. Mientras, los demás tuvieron recreo. Me entraron unas ganas locas de mear, pero pensé, nada, ni moverme. Cuando no pude aguantar más, acabé meando en la pared del aula. Ni se te ocurra salir para nada, había dicho el maestro. Se armó una gorda cuando volvieron del recreo. Para una vez que obedeces al pie de la letra, también tienes que liarla, dijo, pero ni entonces me pegó, era bueno. Ahora descansa, ya le cerré los ojos.

Hoy me he levantado temprano. Lo primero que hice fue acercarme a la cocina, a ver si había algo para desayunar. Algo de pan había, sí, pero madre estaba rara, con los ojos hinchados. Comí en silencio y no me dijo, como siempre, ya basta, que hay que dejar para los demás. No le pregunté por lo de sus ojos. Desde hace unos años, desde que empezó todo, en casa no se pregunta o si se pregunta, nadie contesta. Me lavé la cara en el balde sin que me obligaran, me puse las abarcas y salí con Taco hacia lo de Anselmo. Cuando se tiene una responsabilidad como la mía, no se puede fallar ningún día, ni aunque granice y se te hielen las orejas, o las narices, no sé que es peor. Los demás niños no tienen un trabajo así de importante. A lo mejor, el Juan, que es campanero y toca a las doce todos los días y el cura le da unos reales, pero no, qué va.

Caminé, llegué al pie de la tapia. Cerré los ojos de los cuatro muertos que había. Esperé un rato por allí, hasta que llegó el camión, viendo una urraca picotear entre las matas. Después Taco y yo arrancamos, camino a casa, charlando: ¿Has visto, Taco? Hoy le hemos cerrado los ojos a padre y ya puede descansar...

Por primera vez, durante el camino de vuelta siento un peso enorme en el pecho que apenas me deja respirar. Tengo que sentarme a la orilla del camino, en un tocón lleno de musgo, y me pongo a llorar. Taco, desconcertado, hace cabriolas a mi alrededor.

viernes, 19 de febrero de 2010

PREMIO "CIUDAD DE MONTORO"

Acaban de comunicarme que he ganado el premio de relato breve "Ciudad de Montoro", por la obra Cerrar sus ojos. Se trata de la narración que un niño hace sobre unas durísimas experiencias que le marcarán de por vida.
Por supuesto, estoy absolutamente feliz por este premio y muy agradecido al jurado que acaba de fallarlo.

miércoles, 15 de abril de 2009

Presentación en Gijón de "La senda del zahorí"

La presentación de la novela en Gijón tuvo lugar en la librería Central y con dos acompañantes de auténtico lujo: la alcaldesa de la ciudad, Paz Fernández Felgueroso, y el escritor chileno Luis Sepúlveda, reciente ganador del premio Primavera de novela.
Con Paz me unen lazos de amistad y colaboración desde hace años, en el seno del Partido Socialista. Tuvo palabras amables hacia mí y recalcó lo importante que es hoy día todo trabajo para perpetuar la memoria de los demócratas que defendieron el orden constitucional en 1936.
Luis Sepúlveda, además de un extraordinario escritor, es un hombre de amplios horizontes, de honda experiencia vital (no toda ella agradable, pues fue víctima de la dictadura de Pinochet, siendo él guardia personal de Allende). Sus comentarios sobre la obra que presentábamos me llenan de orgullo. Especialmente cuando expresaba que "se trata de un libro que deberían leer todos los estudiantes de Educación para la Ciudadanía, para conocer su propia historia y rescatar la memoria de su país".
Fue, en definitiva, un acto cálido entre amigos, familia, amantes de la literatura y compañeros en la lucha por un mundo más humano, justo, pacífico...

martes, 14 de abril de 2009

Ya disponible on-line en Casa del Libro

La novela "La senda del zahorí" ya está disponible on-line en la página web de Casa del Libro.
Puede accederse a él pulsando en el siguiente enlace:


Ahora, comprar esta novela sobre la memoria histórica es más sencillo. Bienvenidas las nuevas tecnologías...

También puede adquirirse en:

OVIEDO:

Librería Cervantes Bookshop

Librería La Palma

Librería Ojanguren

Librería Santa Teresa

Librería La Palma/ Llavota Corzo


GIJON

Librería Senda- C/ Celestino Junquera, 10, Gijón

Librería Roy- Avda. Schultz, nº 180, Gijón

Albora Llibros

Librería Galería Cornión

Librería El Corte Inglés

Librería Hernández

Librería Paradiso

Librería Platero


AVILES

Librería Azucel

Librería Clarín


MIERES

Librería La Pilarica

lunes, 30 de marzo de 2009

EDMUNDO PÉREZ FERNÁNDEZ ESCRITOR Y GERENTE DE LA FUNDACIÓN DE LA ECONOMÍA SOCIAL

«Para escribir he buscado en todos mis alrededores», dice el autor de 'La senda del zahorí', novela presentada ayer por Luis Sepúlveda y la alcaldesa Paz Fernández Felgueroso
04.03.09 -
«El pasado es una lección permanente que no deja de enseñarnos»
El autor en la librería Central de Gijón. /PALOMA UCHA
Experto en economía social, no en vano lleva las riendas de la Fundación para su fomento, Edmundo Pérez Fernández, colaborador habitual de EL COMERCIO, acaba de sacar al mercado literario su primera narración larga, un nuevo encuentro con la memoria histórica titulado 'La senda del zahorí', que se alimenta del constante y «necesario» diálogo entre los tiempos. Ayer se la presentaban, en la Librería Central, de Gijón, el escritor Luis Sepúlveda y la alcaldesa Paz Fernández Felgueroso
-Tras hacerse con el V Premio Nacional Relato Breve Calicanto, por 'Mi momento', por fin se ha atrevido con una novela.
-Por fin. Me ha costado mucho, pero lo he logrado. He de confesar que para escribir debo utilizar los retales de tiempo que me quedan entre otras actividades. Es un esfuerzo personal, al que me enfrento con mucho gusto.
-En 'La senda del zahorí' los hechos se nutren de guerra civil y de posguerra, hablan de fosas y de desaparecidos, pero también habla de presente.
-Cuando me puse a escribir esta novela se estaba dando un momento muy curioso en España. Se quería reescribir la historia, darle una nueva lectura a la guerra civil y a sus consecuencias. Y todo desde la óptica de los que habían ganado. Entonces me planteé cuál podía ser mi aportación al debate y decidí escribir este libro que, sí es un diálogo entre el pasado y el presente.
-¿Historia o literatura?
-Por supuesto literatura, yo no soy historiador. Lo que he hecho es recrear los ambientes, las situaciones sociales, en definitiva, la vida de aquella época, pero mi punto de vista histórico es el de un escritor que considera importante que se rescate la memoria de los que habían perdido. Pero tengo que recordar e insistir en que todo es ficción. Los hechos, los lugares, las gentes...
-¿Mucho trabajo de documentación?
-Muchísimo y en todas las direcciones. He tenido que investigar intensamente. En la novela aparecen hasta diversas fábricas con sus formas de producción y su paisaje en parte rural y en parte heredero de los tiempos feudales que en España llegaron hasta el siglo XX.
Búsqueda intensa
-Fábricas, producción, cooperativas. ¿Están también en el libro sus alrededores profesionales?
-Claro. Los he llevado a la novela. La preocupación por la economía social tiene protagonismo en la novela. Es imposible evadirse de la realidad propia, de la vida propia. Para escribir he buscado en todos mis alrededores.
-¿Y en ellos hay una fórmula, literaria o real, para la crisis?
-Esta recesión nos ha enseñado que dejar manos libres a los que controlan el dinero, a las grandes fortunas, tiene consecuencias. Decía días atrás el Nobel de Economía Joseph Stiglitz que 'la mano invisible del mercado es invisible porque nunca ha estado ahí'. Es decir, la clave está en gobernar esa mano invisible.
-Dicen que del pasado se aprende ¿con qué se ha quedado al mirar atrás?
-Del pasado no es que se aprenda, es que es una especie de lección permanente que no deja de enseñarnos cosas como que la intolerancia no debe hacer presa en nosotros. También nos muestra la importancia del respeto y de la convivencia.

Una novela de la memoria histórica, "La senda del zahorí"


portadaSe cruzan en La Senda del Zahorí dos narraciones, una del pasado, contando la vida y avatares de una pequeña villa, Gracilla del Montejo, en los años 1935 y 36, hasta poco después de iniciada la guerra civil. La otra, de finales de los años 90, cuando un joven, Enrique, movido por la curiosidad, quiere averiguar la verdad sobre su familia y orígenes, desconocidos por él y por su madre, huérfana de guerra.
Ambas historias confluyen, pues uno de los más importantes protagonistas de la vida de Gracilla en los años 30, resultó ser su abuelo.
Pero sus indagaciones destapan algo más: su búsqueda de la memoria, culminada con la apertura de una enorme fosa común, tendrá consecuencias en una importante empresa e incluso en el Consejo de Ministros.
La Senda del Zahorí es la novela de la memoria histórica, de la recuperación del recuerdo perdido durante la dictadura, del homenaje debido a quienes lucharon y murieron por la legalidad constitucional de la República.
Si quieres leerla, puedes solicitarla directamente a los editores:info@laproductora.com o en su teléfono 985 17 08 01.